
Paula Botella, ingeniera becada por la Fundación Entrecanales: "Cuando bailaba surgían respuestas que nunca hubiera sido capaz de poner en palabras"
5 de noviembre de 2026
¿Qué puede enseñarnos el movimiento del cuerpo sobre la manera en que habitamos una ciudad? ¿Y qué conocimientos quedan fuera de los planos con los que arquitectos e ingenieros organizan el territorio? Estas preguntas recorren la tesis doctoral de Paula Botella Andreu, ingeniera española que obtuvo una beca de la Fundación Entrecanales para desarrollar su investigación.
Su propuesta cuestiona una forma de diseñar el paisaje centrada en las soluciones técnicas y la organización funcional del espacio. En cambio, presta atención a la experiencia de quienes lo habitan, especialmente a los conocimientos que las mujeres han transmitido mediante sus prácticas cotidianas.
Para estudiarlos, trabajó en tres territorios españoles y utilizó una herramienta poco habitual en su disciplina: la videodanza. Actualmente vive en Buenos Aires, donde continúa su formación artística. Del espacio concebido al espacio vivido "El objetivo de la tesis es entender cómo el diseño del paisaje, en un sentido multiescalar, puede partir de la experiencia del habitar", explica Botella.
La distinción que sostiene su investigación es la que existe entre el espacio concebido -aquel que se representa y planifica- y el espacio vivido, atravesado por los recuerdos, las necesidades y los movimientos de las personas, así como sus propios organismos. Desde esa perspectiva, un paisaje no es una superficie que pueda transformarse sin atender a quienes la recorren y viven.
Por eso, la investigadora cuestiona los modelos de planificación que privilegian la movilidad y la eficiencia, pero dejan en segundo plano las relaciones afectivas, los cuidados y los cuerpos. Uno de los conceptos centrales de su trabajo es la erótica femenina. No alude únicamente a la sexualidad: describe una relación creativa - sensible, placentera y atenta - entre el cuerpo y el entorno.
Botella también recupera la noción de oikosophia, una sabiduría del habitar, para reconocer el valor de actividades que durante generaciones sostuvieron la vida cotidiana sin recibir consideración académica. La pregunta que plantea es qué podría cambiar si esos saberes participaran en las decisiones sobre el territorio.
De la ingeniería a la cooperación humanitaria
Botella estudió Ingeniería Civil y Territorial en la Escuela de Caminos y después se trasladó a Londres para formarse en diseño urbano en contextos de crisis y desarrollo en el Development Planning Unit (DPU) de The Bartlett, perteneciente al University College London. Más tarde trabajó durante aproximadamente dos años en el sector de la cooperación humanitaria.

Aquella experiencia la enfrentó a situaciones de enorme exigencia y a una contradicción: quienes intentaban resolver problemas urgentes también estaban sometidos a condiciones que hacían difícil sostener su propia tarea. "Yo veía que mi cuerpo y los cuerpos de los que me rodeaban estaban en unos estados de crisis que hacían bastante inviable o muy poco sostenible plantear respuestas a los conflictos que teníamos que encarar", recuerda.
En ese período comenzó a bailar. Lo que parecía una actividad separada de su profesión terminó cambiando su manera de entender los problemas: "Empecé a darme cuenta de que cuando me movía, cuando bailaba, surgían respuestas a situaciones críticas que el cuerpo conocía. Si no le daba espacio para moverse, nunca hubiera sido capaz de ponerlo en palabras. Entonces entendí que encontrar esas soluciones, esos modos de hacer, partía por moverse de otra manera". Su acercamiento al arte tenía raíces anteriores.
"Creo que me interesa la danza. O más que por la danza, hay un interés por la poesía. Y eso tiene que ver con una experiencia de vida, con haber crecido en un entorno muy artístico, con personas vinculadas al mundo del arte o que tienen una forma de vida muy poética", detalla.
Ese bagaje contrastaba con la rigidez de algunos entornos profesionales y académicos. La llevó a buscar otras maneras de investigar y a escuchar a personas que conocían profundamente sus territorios sin pertenecer a instituciones especializadas. "Fui encontrando personas de un anonimato infinito, gente que se dedica a habitar distintos paisajes", señala. La experiencia de esas personas terminó siendo tan importante para sus preguntas como la bibliografía técnica.
Tres paisajes, tres formas de investigar
La tesis se desarrolla en tres escenarios españoles. En Quéntar (Granada), Botella estudia la memoria del agua y los gestos de las mujeres mayores del entorno rural. Le interesa cómo ciertas prácticas vinculadas al territorio se han debilitado con la transformación de las infraestructuras y de la vida cotidiana. En Villarejo de Salvanés (Madrid), el foco está en el trabajo artesanal del esparto y su relación con la economía doméstica femenina.
A través de esa actividad examina las conexiones entre el cuerpo, los materiales, la memoria y los cambios provocados por la industrialización y el franquismo. El tercer caso se sitúa en la ciudad de Madrid. Allí investiga los vacíos urbanos, espacios que suelen considerarse residuales, para preguntarse si pueden albergar encuentros y usos distintos de los previstos por la planificación. Su reflexión apunta a una ciudad más permeable, con varios centros y atenta a su relación con el agua.
En los tres lugares utiliza la videodanza, una combinación de movimiento y registro audiovisual. No se trata de filmar una coreografía para ilustrar una idea ya formulada. La observación del cuerpo en movimiento forma parte de la investigación: permite detectar relaciones con el paisaje que quizá no aparecerían en un plano, una entrevista o una descripción escrita. Después de esas experiencias, Botella desarrolla el diálogo teórico que les da contexto.
La poesía también puede producir conocimiento
La investigadora rechaza que su tesis se describa simplemente como un encuentro entre ingeniería y danza. "No es un tema solo de ingeniería o disciplinas técnicas y danza, sino que aquí entran muchas disciplinas sociales: la arqueología, la geografía, la antropología, la sociología; entra incluso la biología. Creo que hay una cosa de lo interdisciplinar o lo transdisciplinar que es importante nombrar, porque si no parecería que son dos disciplinas dialogando".
Esa amplitud no responde a la intención de sumar especialidades sin más, sino a la necesidad de comprender un fenómeno que ninguna de ellas explica por completo. "Lo más importante para mí es entender el modo de hacer desde lo poético", sostiene. Para Botella, la poesía no es solo literatura ni un adorno de la investigación. Es una forma de acercarse a experiencias difíciles de expresar mediante categorías técnicas.
En ese camino encuentra una referencia fundamental en María Zambrano y su concepto de "razón poética", que pone en relación el pensamiento y la experiencia sensible. Por eso, la tesis no ofrece un catálogo de soluciones universales para diseñar ciudades. Abre líneas de trabajo sobre los vínculos entre el cuerpo y otros organismos, el amor entendido como fuerza de cuidado y relación, compleja y libre, y el textil como conexión material entre las personas y los lugares.
Buenos Aires y un futuro todavía abierto
Su vínculo con Argentina comenzó cuando Marifé Santiago Bolaños, profesora de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, le puso, casi por accidente, en contacto con Andrea Saltzman, arquitecta argentina muy cercana a la danza. La beca de la Fundación Entrecanales hizo posible un primer viaje, vinculado a su investigación doctoral.
Lo que encontró allí modificó el desarrollo de su trabajo. "Si no hubiera sido por cómo funciona o cómo se entiende el diseño en Buenos Aires, la creatividad en Buenos Aires, el arte y la danza en Buenos Aires, yo no hubiera podido hacer la tesis", afirma ahora. La ciudad sudamericana le ofreció un ámbito de experimentación en el que los intercambios entre disciplinas tenían un lugar importante.
Hoy cursa allí una maestría en danza contemporánea y, cuando se le pregunta si piensa regresar a España, expresa una preferencia clara: "A mí me gustaría quedarme instalada en Buenos Aires porque encuentro en esta ciudad una creatividad y una apertura que me es muy difícil encontrar en Europa". Aclara que esa comparación no pretende descalificar el contexto europeo. Más bien intenta destacar un valor que reconoce en Argentina y que acompaña, según su experiencia, de un notable rigor artístico e intelectual.
Su entusiasmo por esa forma de trabajar convive con la incertidumbre laboral. "No lo sé... Creo que también hay una cosa muy llamativa de mi tesis: que al final me he especializado en lo que no entra en ninguna disciplina, con lo cual la profesionalización dentro del mercado de mi trabajo es ahora mismo una incógnita". Lo que sí tiene claro es que desea dar continuidad a los proyectos iniciados durante el doctorado: "A mí me gustan los cruces, quisiera seguir haciendo los proyectos que se han iniciado por la tesis, porque creo que, de una manera u otra, han funcionado bien".
Su siguiente desafío será seguir ahondando en el desarrollo de procedimientos rigurosos para aplicar esas experiencias en otros lugares. La idea que orienta ese futuro resume el sentido de su investigación: diseñar no debería consistir en imponer una forma sobre un territorio, sino en crear condiciones de pausa para que quienes lo habitan puedan conectar con los procesos sociales y biológicos que lo sostienen y transforman.